Cuando una pareja con hijos decide separarse, a menudo no se da cuenta de las implicaciones que dicha decisión puede tener sobre el sistema familiar. Los padres suelen verse envueltos en una vorágine de sentimientos (anhelo, culpa, rabia, venganza, etc.) que aparecen al separarse de la persona con la que uno ha compartido tantos momentos y a la que ante todo, ha querido mucho.

En este contexto, es habitual que los padres se olviden de la situación emocional que están viviendo sus hijos. Los niños también han compartido numerosos momentos con sus padres, también los quieren, pero ellos no quieren separarse.

Implicaciones del divorcio para los hijos

Es importante percatarse de que los hijos no pueden romper esta relación, sus padres seguirán siendo sus padres el resto de su vida, y es por ello que deben vivir este distanciamiento de forma diferente. Habrá que dejarles claro, que los padres se separan entre ellos, pero nunca de sus hijos. Aunque exista una mayor distancia física, el padre ausente seguirá teniendo una relación de afecto y cuidado, que implica que emocionalmente sí estará cerca.

Los hijos son esponjas emocionales que absorben todo lo que ocurre en su casa. Mientras que su capacidad racional y lógica irá desarrollándose y mejorando con la edad, la sensibilidad emocional suele funcionar a un alto nivel, ya desde muy pequeños. Los niños identifican fácilmente los sentimientos de sus padres (por ejemplo, tristeza y enfado), empatizando con ellos, pero sin entender en profundidad cuál es la razón de su malestar. Esto provoca que en ocasiones aparezcan sentimientos de culpa irracional en los niños, los cuáles creen ser la causa de que sus padres estén tristes, discutan e incluso se hayan separado.

Es por ello muy importante explicar a los niños de forma clara y adecuada a su lenguaje, qué los padres se han separado por conflictos surgidos entre ellos, pero que en ningún caso ha sido culpa del hijo, sino todo lo contrario: el niño ha sido un motivo de alegría para la familia.

Otro fenómeno habitual que aparece en procesos de separación complicados, son los conflictos de lealtad en los niños. Los hijos sienten que tienen que posicionarse por uno de los padres porque sino el otro progenitor se va enfadar. El niño quiere y desea tener una buena relación con sus dos padres, pero siente que tiene que escoger porque sino se quedará emocionalmente “huérfano” y esto, cómo es lógico, genera mucho miedo.  Los niños han hecho suyo un conflicto que era de pareja y que nada tenía que ver con la relación con sus padres.

En ocasiones los padres olvidan que sus hijos no son amigos a los que pueden pedir actitudes del tipo: ¡no le hables a mi ex, que mira el daño que me hizo! La relación parento-filial se sostiene sobre otros cimientos: el aprendizaje de actitudes y valores a través de un modelo, el sentimiento de protección y  el amor incondicional.

Permitamos a los niños que sean niños y que puedan disfrutar tanto de su madre como de su padre, aunque ninguno de éstos sea perfecto. Dejémosles ser niños y preocuparse por los temas que a ellos les incumben: demandas escolares, relación con el grupo de iguales, hobbies… Ya crecerán y con ellos los retos que tengan que enfrentar.

* Nota: En caso de que alguno de los padres haya sido negligente en la relación con su hijo (maltrato, abuso, adicción a sustancias, etc.), nos encontramos ante un cuadro psicológico distinto, en el que sí será conveniente proteger al niño y evitar el contacto de éste con su progenitor, hasta que el padre implicado sea capaz de llevar a cabo sus obligaciones parentales de forma sana y responsable.

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