A menudo oímos hablar o leemos acerca de la resiliencia, la cual se basa en la capacidad del individuo para superar adversidades e incluso salir reforzado de ellas: caerse, levantarse y aprender.

Las personas resilientes cuentan con una serie de características que les vienen dadas o que han ido aprendiendo a lo largo de su vida. Estas cualidades están relacionadas con la flexibilidad para buscar soluciones, la capacidad para aprender de los errores sin autocastigarse, el optimismo, el humor, la autoconfianza, etc.

Una cosa es entender en qué consiste la resiliencia y otra es desarrollarla y practicarla. ¿A quién no le ha pasado que ante los problemas ajenos es mucho más resolutivo que frente a los suyos propios?

Y es que el procesamiento racional es mucho más rápido que el emocional. El primero nos ayuda a entender y el segundo a asumir, siendo ambos procesos necesarios para que se dé un cambio estable y duradero. Sabemos de sobra que hay que arriesgar y salir de la zona de confort y podemos hasta tener ideas más o menos acertadas de qué dirección deberíamos tomar para salir de ahí, pero no estamos preparados para asumir el dolor y las pérdidas que podamos encontrarnos en el camino.

Desde la barrera todo se ve más fácil, pero cuando nos encontramos cara a cara con la fiera, con nuestros temores, ocurre que nuestra reacción emocional suele empañar nuestra capacidad para razonar con claridad y poner en marcha soluciones. Lo que hace que cada uno se tambalee emocionalmente varía en función de la persona y su contexto: Miedo a recibir un “no” en el ámbito laboral, al rechazo social, al abandono, a decepcionar, a no remontar después de una pérdida, etc.

Salir fortalecido de una adversidad no siempre es sencillo, implica que la persona afronte que las cosas han cambiado y que por lo tanto tiene que renunciar a aspectos positivos de los que disfrutaba anteriormente. Asumir es estar dispuesto a perder ciertos beneficios que uno ha tenido durante mucho tiempo y que le han proporcionado satisfacción y seguridad consigo mismo y en su relación con los demás. Cuando uno aprende a desapegarse de ello, permitiéndose por ejemplo, fallar en el trabajo, no ser el/la niño/a perfecto/a de mamá y papá, no gustar a todo el mundo o continuar su vida sin alguien, ocurre que puede avanzar y madurar.

Los baches que bloquean el camino del crecimiento personal pueden ser de diferente naturaleza:

  • Intrínseca: creencias que te paralizan e impiden que te desarrolles (¿Para qué voy a hacer eso? Si al final no lo voy a conseguir; mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer; ya soy muy mayor; si fracaso no lo superaré; requiere una responsabilidad por mi parte que no estoy dispuesto a asumir, es más fácil seguir siendo un niño; etc.)

  • Extrínseca: se basan en experiencias de fracaso que condicionan tu motivación para seguir luchando por lo que quieres (te cierran puertas a nivel laboral porque no cumples con los requisitos; te han hecho daño en relaciones pasadas y no te atreves a confiar de nuevo; tu entorno reaccionaría mal si tomas determinadas decisiones; etc.).

¿De qué forma te pueden hacer daño?

Algunas personas afirman que el mundo es un lugar cruel y yo diría que hay de todo: hay personas que efectivamente son crueles y hacen daño gratuitamente, pero la mayoría son personas que están pensando en su bienestar, y hacen bien.

Hacen bien, porque es necesario primero pensar en uno mismo antes de ayudar a los demás, nosotros mismos vamos a ser nuestros más fieles compañeros a lo largo de la vida y es por eso necesario tomar como prioridad el autocuidado. El problema aparece cuando en ese intento por pensar en uno mismo y protegerse, la persona se vuelve irracional y acaba aislándose. Por ejemplo, cuando una amiga no le deja sus apuntes a otra porque si ésta saca mejor nota sentirá que ha fracasado. Es una creencia irracional porque el aprendizaje y avance de la chica con los buenos apuntes no depende de su amiga, sino de sí misma. La carrera es consigo misma, no con los demás. Y es que los codazos, como es lógico, alejan a las personas de su alrededor.

Así que, cuando alguien piensa en sí mismo, ya sea de forma racional o irracional puede que nos haga daño, porque sus necesidades se contraponen o bloquean las nuestras. En función del tipo de relación tendremos la oportunidad de aclararlo, manteniendo una conversación honesta en la que expresemos de qué forma nos han hecho daño. Pero ni siquiera teniendo esa conversación hay garantías de que el daño se pueda enmendar, ya que si el otro no quiere o no puede rectificar no lo hará y no hay nada que nosotros podamos hacer.

Lo único que queda entonces es vivir ese dolor, apoyarse en las personas que te quieren, levantarse y continuar en dirección a tus objetivos, porque tienes derecho a hacer uso de tu libertad para escoger el camino que te haga más feliz. La condición para poder levantarse es creer en uno mismo, recordando de dónde vienes y las cualidades que tienes.

¿Cuándo atiende uno a los demás?

Lo adecuado es ceder sin superar límites personales al hacerlo, ocuparse del otro sin que al hacerlo abandones tus principios básicos. Por ejemplo, tienes un mal día y necesitas desahogarte, pero cuando quedas con un amigo te empieza a contar sus problemas. Tú cedes y le escuchas, porque no pasa nada, porque puedes estar ahí para él y dejar tus problemas a un lado, ya los hablarás en otro momento. Por el contrario, si tu amigo evita e infravalora tus problemas constantemente, puede que no quieras pasar por el aro y que necesites poner límites.

Seremos resilientes si logramos un equilibrio entre la satisfacción de nuestras necesidades/deseos y la convivencia con los demás, tendiéndoles una mano en el camino.

Rocky Balboa resume muy bien, en este consejo que da su hijo, en qué se basa una actitud de superación:

El mundo no es todo alegría y color, es un lugar terrible y por muy duro que seas, es capaz de arrodillarte a golpes y tenerte sometido permanentemente si no se lo impides. Ni tú ni yo ni nadie golpea más fuerte que la vida, pero no importa lo fuerte que golpeas, sino lo fuerte que pueden golpearte y lo aguantas mientras avanzas. Hay que soportar sin dejar de avanzar. Así es como se gana.

Si tú sabes lo que vales, ve y consigue lo que mereces, pero tendrás que soportar los golpes. Y no puedes estar diciendo que no estás donde querías estar por culpa de él, de ella ni de nadie. Eso lo hacen los cobardes y tú no lo eres. Tú eres capaz de todo.

Yo te querré en cualquier situación, eres mi hijo, llevas mi sangre. Tú eres lo mejor de mi vida, pero hasta que no empieces a creer en ti mismo no tendrás tu vida propia.