En ocasiones estamos enfadados y sentimos rencor por cosas que nos hicieron en el pasado. No es una tarea fácil perdonar a otros por el daño que nos causaron ni perdonarse a uno mismo por los fallos pasados. El enfado que suele aparecer cuando alguien nos hiere, sirve para protegernos, para poner límites y no permitir que nos vuelvan a dañar. Pero a veces este enfado se vuelve crónico y termina siendo la causa de nuestro malestar actual.

Cuando uno perdona, suele liberarse del enfado y quedarse en paz porque en el fondo desea volver a estar bien con esa persona a la que aprecia. El ser humano es un ser social que necesita relacionarse, no tanto en cantidad sino en calidad. Uno puede estar rodeado de una multitud y sentirse solo y por el contrario sentirse lleno y acompañado con una sola persona, porque existe respeto y afecto mutuo.

Perdonar a otros

El perdón depende en gran medida de nuestra flexibilidad cognitiva: de nuestra capacidad para ampliar miras y valorar diferentes posibilidades. En muchas ocasiones nos aferramos a nuestra versión, a cómo nosotros vemos el mundo y a cómo nosotros vivimos una situación concreta. Nos olvidamos de que una misma experiencia se puede vivir y percibir desde distintos ángulos y nos olvidamos incluso de que nosotros mismos hemos podido cometer errores similares en el pasado.

Para hacer las paces necesitamos empatizar, ponernos en la piel del otro y ver qué pudo llevarle a comportarse de esa forma. El daño está hecho y eso no va a cambiar, pero hablar de ello con la persona que infligió el daño, puede llevarnos a ver que es humana y por lo tanto falible. Al expresar lo que a uno le hirió, le damos la oportunidad al otro de darse cuenta de la implicación de sus acciones para en adelante ser más cuidadoso.

Perdonarse a sí mismo

En el perdón hacia uno mismo pueden entrar otras variables en juego, como una alta autoexigencia. Cuando uno es demasiado estricto consigo mismo, exigiéndose ser casi perfecto, ocurre que no maneja bien los sentimientos de frustración, que inevitablemente derivan de los fracasos/errores. A nadie le gusta fallar, pero tampoco nadie se libra de hacerlo y es por ello necesario que aprendamos a ser amables con nosotros mismos cuando cometemos un error. Sólo así podremos aprender, sin hundirnos y quedarnos estancados. La excesiva autoexigencia lleva al bloqueo, que dificulta el aprendizaje y el avance.

Flexibilizar y permitirse ser humano ayuda en el proceso de perdonarse a uno mismo cuando le hemos hecho daño a alguien. En muchas ocasiones no somos conscientes de las consecuencias de nuestro comportamiento hasta que ha pasado un tiempo. Es decir, solemos cometer fallos sin la intención de hacer daño a otros o a nosotros mismos: lo hacemos de manera inconsciente. En estos casos, es importante ser comprensivo entendiendo que en su día no anticipamos acertadamente las consecuencias de nuestras acciones. Lo que nos queda entonces es ver dónde fallamos e intentar aprender para cuando nos encontremos ante una situación parecida.

Por supuesto, hay ocasiones en que somos claramente conscientes de que estamos haciendo daño. Puede que nos movamos por rabia, venganza o simplemente por liberarnos de nuestra frustración diaria. Si es que, “ donde hay confianza da asco” y sobrepasamos límites porque anticipamos que el otro nos aguantará. Es recomendable en estos casos desarrollar otro tipo de habilidades comunicativas más sanas, que permitan a las dos partes del conflicto hablar de su enfado sin comenzar una lucha en la que gane el golpe más bajo. Para perdonar es necesaria una actitud previa de respeto mutuo en la que los dos estén dispuestos a escuchar y a entender. Si no, no hablamos de perdón, hablamos de ganar o de tener la razón, de un pulso en definitiva.

Otras veces, la persona decidirá no perdonar porque no contempla la posibilidad de que haya un entendimiento. Dependerá de variables como la gravedad del daño, los valores personales o la motivación. Está en todo su derecho si no desea ni necesita ese perdón.

Sea cual sea la decisión, ésta será acertada si nos aporta  tranquilidad, protección y congruencia con nosotros mismos.

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