La violencia de género representa la forma extrema del maltrato, pero hay malos tratos a más baja escala que están muy presentes en nuestra cotidianidad.

El maltrato también es:

La falta de humildad por parte de algunos hombres cuando son incapaces de reconocer que ellos también han participado del menosprecio a la mujer. Todos lo han hecho y no hay ninguno que se libre, porque a día de hoy seguimos viviendo en una sociedad patriarcal. Quizás no se den cuenta, quizás no quieran reflexionar porque es incómodo, porque se sentirían culpables o porque simplemente se encuentran en una posición cómoda, pero a nadie van a convencer de que ellos nunca han participado ni participan de esta situación. Algunos de los ejemplos actuales son: los chats de amigos, donde se degrada a mujeres conocidas o desconocidas a través de videos y comentarios;  la actitud de “ayudar en casa o en la crianza de los/as niños/as”; o  las opiniones que se escuchan acerca de  profesionales, como presentadoras de televisión, las cuales parece que por imposición tienen que salir semidesnudas porque si no, nadie vería el programa, como si fuesen un envoltorio hueco.

Que las mujeres no reconozcamos que también hemos humillado a otras mujeres utilizando con mucha ligereza palabras como “guarra, fresca, puta” atacándonos entre nosotras de esta manera. Un ejemplo muy claro, continuando con el de las presentadoras, es el de Cristina Pedroche en las campanadas. Antes de criticarla, ¿hemos valorado la posibilidad de que ella, como persona adulta capaz de analizar la situación, haya decidido, no porque deba ni lo necesite, sino porque quiere, ponerse esos vestidos? Nos puede gustar más o menos, pero si por su parte fuera una decisión libre, ¿por qué no iba a hacerlo? A ver si la mujer digna y respetable solo va ser aquella que sigue un código de conducta y vestimenta determinado. ¿Qué tipo de normas nazis son estas?

El feminismo mal entendido que impone, que ordena, que se coloca en un lugar superior menospreciando a los hombres. No tiene ningún sentido exigir respeto siendo irrespetuoso. He leido durante estos meses frases como “si eres hombre cállate, colócate en un segundo plano, no digas nada” ¿Y si fuera al revés y fuesen ellos los que nos dijesen eso? Volveríamos al punto de inicio. Si quieres respeto e igualdad, trata de ser respetuoso/a, colocándote en una posición de tú a tú.

El fundamentalismo religioso, que discrimina a personas por su condición sexual, religiosa o por cualquier actitud que se aleje de lo que ellos/as piensan. Creerse en posesión de una verdad inquebrantable les coloca en una posición de arrogancia que se aleja completamente de los principios nucleares del cristianismo: el amor, el respeto o la generosidad.

El abuso psicológico, que sufren mujeres y hombres por parte de sus parejas, que va mermando su autoestima y la de sus hijos/as. El número de afectados es indudablemente mayor en mujeres que en hombres, pero ambos merecen el mismo respeto y consideración, porque dejando a un lado las estadísticas todos/as son personas.

El bullying o el mobbing en el ámbito escolar o laboral, basado en la búsqueda de poder del que abusa. El/la acosador/a intenta quedar por encima, ridiculizando las debilidades aparentes del otro y esforzándose a la vez porque no se vean las suyas propias. Es curioso, porque el propio acosador no tiene una autoestima sólida, ya que de tenerla aceptaría sus propias limitaciones como humanas, sin esconderlas ni avergonzarse tanto de ellas.  No estaría constantemente en guerra.

La irresponsabilidad con el medio ambiente. Nos dan igual los movimientos por la conservación de la naturaleza y de los animales, no nos involucramos porque no vemos las consecuencias de una manera clara ni inmediata, aunque científicos especialistas nos estén informando de ellas constantemente. Nos ponemos una venda y decidimos vivir ciegos, mientras maltratamos nuestro hogar, el de nuestros hijos y el de las futuras generaciones.

Los malos tratos se dirigen fundamentalmente a día de hoy a las mujeres y a los colectivos minioritarios, ya sea en el ámbito familiar, social, laboral o político. Tanto los hombres como otras personas en posición de poder son aquellos que de manera urgente deberían revisar de qué manera participan de esta situación y qué deberían cambiar. También es necesario que nosotras, las mujeres, reflexionemos sobre cómo contribuimos a perpetuar esta lucha de poder.

Una convivencia basada en la igualdad viene por el respeto, la humildad de reconocer que no somos perfectos, la flexibilidad para tratar de entender al otro y la disposición por aprender y querer cambiar lo que no está bien.