Existen dos tipos de sufrimiento, el evitable y el inevitable. El primero, puede volverse disfuncional e incluso patológico si uno no lo trabaja y el segundo pertenece a nuestra condición humana, entendiendo que nuestras emociones, aunque a veces sean dolorosas, nos ayudan a aprender y a manejarnos en el medio en el que vivimos.

El sufrimiento evitable

La excesiva crítica

Catastrofizar con los propios fallos es en sí un error. Uno tiene que intentar aprender de sus errores y superarse en sus áreas de mejora, pero no desde la crítica, sino desde la motivación. No hace falta ser duro para aprender, porque en ocasiones esa crítica bloquea, en vez de dejar a la persona elaborar un plan para aprender y mejorar.

La crítica no es siempre clara, ni se identifica fácilmente de manera consciente. A veces se enmascara detrás de un nudo en el estómago o en el pecho cuando uno tiene frente a sí un reto. Ese nudo puede haberse formado en base a creencias que la persona ha elaborado a lo largo de su vida, que tienen que ver con: “no lo voy a lograr, soy un/a fracasado/a, no valgo, soy tonto/a, etc.”

Es más fácil que alguien aprenda y se supere a sí mismo animándose, haciendo uso de las capacidades que tiene y que ya le ayudaron en el pasado a lograr retos. En cambio, los latigazos, lejos de permitir crecer, hacen pequeña a la persona.

Obsesionarse con los problemas

Cuando uno piensa constantemente en un problema, no está siendo eficaz, ya que la excesiva preocupación suele ser repetitiva y rumiante. No aporta ideas ni opciones de solución nuevas, sino que genera malestar e incluso ansiedad. Uno cree tener un mayor control del problema, por pensar constantemente en él, pero la mejor solución suele ser aceptar la incertidumbre de las circunstancias. Hay que reflexionar sobre un problema y poner en marcha un plan de acción para tratar de solucionarlo, pero después hay que esperar a ver qué resultados aparecen.

Anticipar amenazas

La ansiedad se basa en la anticipación de posibles dificultades, que uno cree que le van a hacer sufrir. Ocurre en la imaginación y no en lo que está pasando en realidad aquí y ahora. De nuevo la persona intenta controlar, lo incontrolable, lo que pueda pasar en el futuro. Y es que normalmente cuenta con más recursos de los que cree para manejar esas posibles amenazas en caso de que ocurran. Suele ser más doloroso en su cabeza de lo que acaba siendo en realidad.

Reprimir sentimientos

No hay sentimientos buenos ni malos, todos nos informan de nuestras necesidades en un determinado momento. Hay sentimientos más placenteros, como la alegría o el amor y otros menos agradables como la tristeza, el miedo o el enfado. Son estos últimos los que se reprimen con mayor frecuencia, porque uno no quiere sentir ese malestar. La tristeza nos informa de la necesidad de consuelo, de sentirnos apoyados por las personas significativas de nuestro entorno, el miedo nos informa de la necesidad de afrontar un peligro (ya sea huyendo o enfrentándonos a él) y el enfado de que alguien está sobrepasando un límite. Todos estos sentimientos deben ser canalizados para que no se enquisten y acaben mezclándose con otros, creando una maraña, en la que uno ya no sabe qué le provocó malestar, ni obviamente qué puede hacer para solucionarlo.

Sufrimiento no evitable

Experiencias dolorosas

Inevitablemente a lo largo de la vida todos nos encontraremos con situaciones dolorosas, que implican algún tipo de pérdida. A veces hay rupturas, experiencias dañinas en una relación de pareja o amistad, muerte de un ser querido, enfermedades, vivencias de rechazo, decepciones, etc. Todo ello forma parte de nuestra experiencia como seres sociales y todo ello puede crear más o menos dolor, dependiendo de la gravedad del daño, del tipo de relación, de la irreversibilidad del daño, etc. Son heridas, que si se curan adecuadamente cicatrizarán, sin que el dolor perdure. Quizás mires la cicatriz y recuerdes el daño o si te golpean en esa zona puede que escueza un poco, pero será un daño superado.

Para curar la herida emocional es habitual que la persona necesite permitirse expresar ese dolor, darle un lugar digno, sin menospreciarlo, pedir apoyo, consuelo o ayuda o tal vez necesite poner límites o reforzarse a sí mismo/a.

Emociones que generan malestar

Es importante desarrollar una cierta tolerancia al malestar, ya que inevitablemente en la vida nos encontramos con situaciones que nos gustan más o menos, dependiendo de nuestra personalidad, nuestras preferencias y gustos. No hay nada de patológico en esto, somos humanos y no todo puede ser perfecto.

La ansiedad a unos niveles adecuados

La ansiedad es una respuesta fisiológica de nuestro organismo que aparece para que demos lo mejor de nosotros mismos en situaciones que nos suponen algún tipo de esfuerzo o dificultad. A unos niveles adecuados, la ansiedad nos mantiene alerta y nos ayuda a poner en marcha los mejores recursos personales con los que contamos. El problema aparece cuando desborda a la persona, limitándola así en sus capacidades.

 

Se trata en definitiva de intentar desechar el contenido inservible de nuestra mente y poner más atención a lo que sí tiene valor, porque nos ayuda a lograr un mayor equilibrio y bienestar.