Las adicciones siempre han estado rodeadas de cierto tabú, aunque con el paso del tiempo se ha logrado dar mayor visibilidad social a ciertas adicciones como la drogadicción o la ludopatía, entre otras. No obstante, existen conductas adictivas que pasan inadvertidas, las hemos ido desarrollando sin ser conscientes de ellas ni de sus efectos dañinos sobre nuestra psique. Un ejemplo de ello es la adicción por agradar a todo el mundo.

A la mayoría de gente le importa lo que piensen los demás de uno mismo porque como seres sociales necesitamos del apoyo y afecto de otros. Cada uno tiene unas cualidades y limitaciones que caracterizan su personalidad y la mayoría de las personas tienden a mostrar sus fortalezas y a esconder sus debilidades. Lo primero es adaptativo y necesario, ya que sacar lo mejor de nosotros mismos puede ayudarnos a crear vínculos, conseguir objetivos y sentir emociones positivas como la alegría, tranquilidad y confianza. Lo segundo en cambio, puede llegar a ser desadaptativo si se lleva a cabo de forma rígida, porque creer que bajo ningún concepto uno puede mostrar ciertas partes de sí mismo (por ejemplo, miedo, tristeza o enfado) suele ir de la mano de la creencia de que no se le puede querer con todo lo que es, con todo lo que su personalidad engloba.

Cuando la persona se preocupa en exceso por la imagen que está dando, por el qué dirán ocurre que suele crear una “careta social” para relacionarse con el mundo, con todo el esfuerzo psicológico que ello conlleva (que no se me note que en realidad me siento así…). La ansiedad, tan extendida en nuestra sociedad, se mantiene entre otras razones por la actitud de guardarse para sí sentimientos que uno anticipa que los demás van a rechazar, olvidándose así de sus necesidades.

Por supuesto que hay áreas, como el trabajo, en las que  la persona se somete inevitablemente a una evaluación externa. El éxito o fracaso en este ámbito depende en gran medida de nuestro desempeño. En función del trabajo a realizar varían las exigencias, pero por lo general se es consciente de ello y con mayor o menor agrado se aceptan dichas condiciones.

La búsqueda de la aceptación externa se vuelve problemática cuando se generaliza a todos los ámbitos de la persona: familia, amigos, conocidos e incluso desconocidos. El aplauso indiscriminado, como si la opinión de todo el mundo contara por igual, sitúa a la persona encima de un escenario: actuando su papel y esperando al final de la función para escuchar los ansiados aplausos o temidos pitidos.

Factores desencadenantes

  • Educacion: “Aprender a comportarse” es una de las tareas educativas que asumen los padres desde que los niños son pequeños: se aprende a mantener las formas, a ser amables y a evitar molestar al otro, aunque las necesidades emocionales propias vayan en otra dirección. Los estados internos varían en función de diversas variables como el contexto, el estado de ánimo previo o la historia con la persona que uno tiene enfrente.
    • Roles aprendidos: Los roles de género fomentan ciertas actitudes en función del sexo. Tradicionalmente se espera de la mujer que desarrolle actitudes como la empatía, el sacrificio o la delicadeza. En cambio a los hombres, se les han atribuido rasgos de personalidad como la rudeza, la fortaleza o la capacidad para “tragarse” sus emociones. Estas actitudes impuestas varían en función del contexto cultural y familiar en el que cada uno haya crecido, pero casi todo el mundo asume unos roles determinados con los que obtiene una mayor aceptación de su entorno (el simpático, el bueno, el listo, el alocado, el generoso, el valiente, etc.).
  • Experiencias de caracter traumático: Vivencias previas de rechazo por expresar partes de uno mismo que no gustaron a los demás pueden llevar a la persona a evitar a toda costa mostrar dichas características en el futuro porque hacerlo podría significar perder el afecto de otros y eso, como es lógico, da mucho miedo.

Tratamiento/Desintoxicación

No es fácil admitir que uno se autoboicotea, sobre todo cuando su intención es la opuesta (sentirse bien), pero el primer paso es tomar conciencia de lo que le hace daño. La intervención posterior consistirá en que la persona se exponga a eso que le da miedo: el rechazo de los demás.

No es que haya que forzar el rechazo, pero sí hay que valorarlo como una posibilidad que no tiene que ser catastrófica. En terapia se le permite al paciente que saque lo que tenía guardado para ir ordenándolo y otorgándole la importancia que tiene en su vida. Se le anima a ser más auténtico con su entorno, a que pueda expresar asertivamente lo que necesita sin censurarse constantemente.

Por supuesto que también se respetará y fomentará el derecho de la persona a su intimidad, manteniendo para sí lo que quiera y lo que no le suponga un problema, esto también forma parte de la salud. No se trata de mostrarlo todo ni de abandonar para siempre roles con los que uno se siente cómodo, sino de permitirse expresar aquellas partes que uno anhela que otros vean para así sentir un afecto incondicional.

Una vez que la persona empieza a ser menos complaciente y a ser ella misma, es habitual que, para su asombro, reciba una mayor aceptación de la que imaginaba, pero también se encontrará con la crítica y/o el rechazo que anteriormente anticipaba. Lo primero suele ir acompañado de un bienestar y alivio profundo y lo segundo de dolor. Una tarea terapéutica importante será que el paciente aprenda a disfrutar de las consecuencias positivas de que haya sido él mismo, pero también a curarse con mimo y cuidado las heridas emocionales que pueda provocar el rechazo.

Me imagino que durante la lectura pueden surgir dudas como: Entonces, ¿se trata de que nos conformemos con nuestras limitaciones? y ¿dónde queda la ambición, las ganas de superarse y de mejorar? Yo respondería que no es que haya que conformarse con las limitaciones que uno tiene, ni dejar de intentar ser la mejor versión de uno mismo, sino que para superar trabas y crecer hay que ser capaz primero de expresar lo que a uno le queda por mejorar, de mostrar los propios fallos.

Aceptar la ayuda de otros puede facilitarnos un aprendizaje más  profundo y rápido. A nivel terapéutico trabajaremos sobre estas limitaciones con el objetivo de que el paciente crezca y se desarrolle psicologicamente. Pero como nadie puede lograr la perfección, también será necesario que la persona sea capaz de aceptar que hay características personales, que al igual que el color de los ojos, uno no puede cambiar, y que no pasa nada.

La realidad es que somos flexibles y nos movemos entre diferentes estados emocionales. Somos Yin y somos Yan, dos caras de la misma moneda que hay que mostrar con naturalidad, cuando nos apetezca, sin que sea un mandato, simplemente por ser coherentes con nosotros mismos.

A este mundo hemos venido a ser nosotros, en lo bueno y en lo malo. El que nos quiera solo por nuestra cara bonita es que no nos quiere bien, así que quizás no nos compense tenerlo a nuestro lado. Quizás sea necesario devolver las caretas a los superhéroes para que podamos ser protagonistas de la vida real, con retos reales que al fin y al cabo son los que requieren de auténtica valentía.

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